• Cintia Canto Ianni

Dolavon, un diamante en bruto por descubrir

El corazón del valle, leí por ahí. ¿Será que hay algo de cierto? ...


Dolavon, Dolavon, Dolavon ... Si en algún momento buscan por Google información sobre que hacer en Gaiman, lo más probable es que también les aparezca por sugerencia el pueblo del Dolavon. A tan solo 17 km de Gaiman, se llega desde la plaza de Gaiman con la Linea 28 (también pueden hacerlo directamente desde la terminal de Trelew), por la módica suma de $31,50 pesas argentinos ( USD 1,60 aprox). Hay que destacar, que si bien Dolavon cuenta con una pequeña terminal, la realidad es que ésta no se encuentra en uso. También, hay que tener en cuenta que los buses salen de Dolavon en punto, cada hora.

La norias a lo largo del canal, son las postales típicas de Dolavon.


La verdad es que respecto a Dolavon tenia un 50% de expectativas, y otro 50% de incertidumbre. Prácticamente no hay información en la web, y lo poco que en realidad despertó mi interés, fueron las fotos de sus norias y el hecho de estar tan tentadoramente cerca de Gaiman, y pensé: ¿Por qué no?

Canal bañado por las aguas del Río Chubut


Llego a Dolavon cerca de las 11 am. Puedo darme cuenta que si bien es más pequeño que Gaiman, también está el hecho de que es más difícil encontrar casitas de piedra con mas de 100 años de antigüedad. Como todo lo que googleé me fue insuficiente, Ricardo (mi couch en Gaiman), me recomendó visitar el Molino Harinero y un museo que al mediodía funciona como restaurante.


Al bajar de bus, camino por inercia y quedo encantada con el canal y sus norias que me retraen a esos pueblitos europeos quedados en el tiempo, y que en alguna ocasión, planeo visitar. Cruzo al otro lado del canal y una construcción en chapa que se asemeja a una estación de tren antigua, capta mi atención. Junto a esta se encuentra la oficina de informes.

Edificio de la derecha: Oficina de informes.


Al ingresar, me atiende una señora a la cuál le pregunto sobre recomendaciones para hacer y todo lo que hace es llenarme de folletos y ningún plano del pueblo. Si bien fue amable, no se molestó en contarme por donde podía comenzar el recorrido, que no podía perderme y demás. En este punto no puedo ser intransigente, ya que, si bien es posible que la señora esté menos informada que yo, creo que con un poquito de onda, minímamente se puede informar acerca de su trabajo. Trabajo en una recepción en la cual siempre estoy orientando a los huéspedes sobre las actividades que pueden hacer, e inclusive, sobre muchos me tuve que informar para poder hacer un aporte mas enriquecedor. En fin, he hecho mi descargo.


Llego a la conclusión de que estaré menos de dos horas, así que comienzo a caminar regresando nuevamente sobre mis pasos. Camino a lo largo del canal y llego hasta lo que parece ser un galpón antiguo. Desde el interior se escuchan tambores, música y risas. Cruzo la calle y me encuentro con el museo-restaurante del que me había hablado Ricardo. Desde sus vidrieras veo maquinas de escribir y de coser. Por un momento tengo dudas de si está abierto. Para mi fortuna, una chica que está en el interior me indica que entre por la puerta de la esquina. Le comento que me recomendaron visitar el lugar y le pregunto si puedo recorrerlo. Me da el okey y comienzo a recorrer las vidrieras. Hay una gran variedad de sillas talladas de estilo nórdico en madera, también libros, revistas, piedras, colmillos y todo tipo de restos fósiles. La planta del restaurante es tipo L, por lo cual al otro lado se encuentra la zona apta para comensales que comienza en horas del mediodía. Lo único que le agregaría para que éste completo, serian algunas breves reseñas de lo que se exhibe o si tienen alguna historia en particular los elementos de la exhibición. La caja registradora de antaño es sin dudas muy imponente, y cuando la chica del restaurante se ofrece a tomarme una foto, no dudo un segundo en que sea junto a tal reliquia.

Restaurante Museo


Sigo mi caminata improvisada y pregunto a algún que otro transeúnte como llegar al Molino Harinero. Cuando llego está cerrado, así que como estoy que muero de sed por el calor infernal que hace, voy a un almacén donde le comento que el molino está cerrado, pero la señora que me atiende me insiste en que está abierto. Vuelvo nuevamente, y esta vez una chica entra al edificio. Le pregunto que si se puede entrar a recorrer y me dice que si. La maquinaria en si misma es imponente, ( y esta es la parte del pero ...), pero es sólo eso. Uno en cierto modo acude como un curioso porque no hay guías ni reseñas en ninguna parte. Un señor baja al subsuelo (hay una puertecita junto a la maquinaria) y solo me comenta que al fondo hay una restaurante. Tomo un par de fotos y me voy.


Maquinaria perteneciente al Molino Harinero.


Nunca me sentí tan frustrada por un lugar. Claramente la gente no está preparada para alimentar la curiosidad del turista. Y si lo están, al menos en mi caso no lo han demostrado. Es un pueblo pequeño, pero con cierto encanto. En cuanto a recorridos, son los lugares ya mencionados, además de las infaltables capillas o visitas a chacras cercanas. Me comentaron también que el fin de semana habría carnaval (con carrozas, bailes y todo). De seguro es muy interesante de ver. Al menos yo, no tenia conocimientos de que en la Patagonia se festejaran carnavales al estilo Gualeguaychú.


Creo que Dolavon tiene mucho potencial y que espero en algún momento pueda ser aprovechado. Un recuerdo muy nítido y que en estoy tiempos que corren, llamó mi atención, fue el hecho de niños de diversas edades corriendo y jugando en torno a los chorros de aguan que regaban el césped de la plaza o de niños mojando sus cabezas con el agua de las norias. Me sentí brevemente en un mundo utópico donde los niños no conocen de tecnología ni compiten a jugar quien tiene mas Me gusta. Me recordó mucho a mi infancia, jugando y corriendo a más no poder. Me sentí a gusto viendo que hay juegos que siguen presentes. Pienso que los juegos deberían de ser como aquellas tradiciones que ciertas poblaciones no están dispuestas a soltar. Que se suceden de generación en generación. Me gustó sentirme espectadora de aquella visión. A su modo muy peculiar, Dolavon no me fue indiferente.



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